La Importancia de mirar al Cielo por Antares


Por Antares
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¿Qué nos ofrece hoy el mundo que sea digno de admirar? Realmente no mucho, ni siquiera la belleza de la mujer, pues ésta ya ha sido corrompida hasta la raíz. Cuando se vive en medio de la urbe, y se nace con las cadenas de la civilización es complicado romperlas y alejarse del Leviathan.

      Mucho se nos ha dicho que es la cotidianidad la causante de que se pierda un genuino interés por “disfrutar” la vida. En otros casos y con un enfermizo optimismo que hasta Francis Parker Jockey vomitaría en su tumba, se invita al amable “ciudadano domesticado” a mirar el mundo que le rodea con ojos de turista, así, podrá encontrar belleza y alegría en el día a día.

    Claro, creo si me mentalizo podré disfrutar de los vagabundos con sus pantalones llenos de mierda, o con las prostitutas sifilíticas o lo que es mejor, podré apreciar con gran júbilo como asesinan a un obrero solo por querer despojarlo de sus pertenencias ¡Vaya espectáculo visual¡, y que decir de la mutilación que se le hace a la naturaleza en aras del “progreso”.

     Lo cierto es que soy un cobarde y no he podido alejarme de ésta podredumbre, y continúo con el mismo patrón que mis antepasados inmediatos: soy esclavo de la democracia. Pero a pesar del lúgubre paisaje existe un lugar que aún no ha sido contaminado con la impureza del ser humano: el espacio. Hermoso misterio que resguarda entre sus profundidades. Acostumbrados a ser unos “iluminados” olvidamos mirar al cielo nocturno por miedo a la oscuridad, queremos luz, comodidad, certeza, “libertad”, por ello, olvidamos que parte de nuestra historia es el conjunto de los hechos terrenales dirigidos por los designios de las estrellas, planetas y nebulosas, que nuestros antepasados más lejanos, aquellos que recién indagaban nuestro lugar en el cosmos, interpretaron con gran exactitud y recelo.

       Los dioses más poderosos provenían del inmenso espacio, las estrellas contaban historias y eran guardianes de la tradición y escoltas en el transitar del Sol, el otro dios, feroz como las llamas que emanan de él. Las culturas más puras consiguieron ser intermediarios de éstos misterios y plasmarlos en sus actividades. No se trataba de “hacer cosas” sino de aprovechar y agradecer los ciclos que los dioses, desde el Cosmos, habían decidido para nuestros mortales padres.

     Hoy, la Tradición se encuentra sepultada bajo escombros y escombros de consumismo y vulgaridad, pero mirar al cielo, especialmente de noche, de vez en cuando, puede ser el inicio de un largo proceso de reencontrarnos con los verdaderos hombres que transformaron su futuro en un formidable presente y que ahora su pasado se encuentra vagando por el éter como un lejano recuerdo.

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